Tan solo vestigios intermitentes, con un cierto tufo de odio a todo es lo que queda a fecha de ahora, del tantas veces mal nombrado movimiento del 15M. Comenzaron a parlotear, cual loro repetitivo, consignas inconsistentes semanas antes de las elecciones municipales, muchos avisaron, esto es cosa de cuatro días, chavales desocupados y sin ningún interés en dejar de ser parados cambiando la okupacion de vivienda habitual por las plazas de la ciudad. La calle es de todos, repetían incesantemente como si eso otorgara el derecho a que se hiciera de la ley su sayo.
Orgullo demostraron tener, aunque solo eso, pues a la falta de interés de los dirigentes democráticamente elegidos, téngase en cuenta lo de democráticamente, y a las voces que criticaban su oportuna aparición previo al proceso electoral, y les auguraban una corta vida, quisieron hacerles ver su férrea voluntad anidando en cada esquina y haciendo casi intransitable para el ciudadano común las plazas de los ayuntamientos, por no entrar a mencionar el coste social que supuso la niñatada, limpieza, seguridad, etc.
Como moscas fueron cayendo, primero cuatro luego cuatrocientos, volvían a sus casas a por la tan ansiada paterna paga, algunos incluso aguantaron el discurso hasta las generales. Buena maniobra política de izquierda unida, lo justo es lo justo, les acogió en su seno cual padre protector. “Hijos míos yo hablaré por vosotros, seré la voz de los "oprimidos"” les falto decir. Ante semejante oratoria lo tuvieron claro, cambiaron las camisetas de no nos apadrina ningún partido, por el este partido es mi voz más rápido de lo que uno puede incluso pestañear. Los más persistentes acabaron aglomerándose en coaliciones o partidos del tipo escaños en blanco, pero caer, cayeron todos.
Ahora, un mes después, nada de lo que fue queda, los minutos televisivos copados y los textos en periódicos carecieron de sentido. Como se aviso vinieron para no quedarse, y lo único que finalmente parece ser que reclamaban era el llamado minuto de gloria televisiva. Lo que queda de todo aquello lo podéis ver en las redes sociales a las que acuden, ahora sí, con la calefacción, desde el sofá y ofendiéndose cada vez que un usuario no afín hace gala de su ejercicio de la libertad de expresión; nada más que troleo de mantenimiento, un eco en el túnel que se va apagando en el tiempo.
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